martes, 20 de enero de 2009

Carencia/excedencia en la elección ignaciana




Por Miguel Angel Pichardo Reyes

La cuarta vía ignaciana
El proceso mistagógico ignaciano tiene su originalidad, con respecto a otras tradiciones espirituales, en que el momento de “elección” supone una “cuarta vía” (en contraste con el recorrido clásico de las “tres vías” místicas). La estructura que utiliza San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales, marca una diferencia, y no sólo originalidad, sino que también cierta distancia, con respecto a la tradición mística precedente, en particular de las fuentes de las cuales abrevo en su estancia en Manresa, momento iniciático por excelencia de su camino místico. Nos referimos a los “spirituales exercicios” (Ejercitatorio de vida espiritual o Compilación de los Ejercicios Espirituales) del abad del monasterio de Manresa, García Giménez de Cisneros, en donde estructura su reforma espiritual empleando la doctrina de las tres vías: “cómo el ejercitador y varón devoto se ha de ejercitar según las tres vías que son llamadas Purgativa, Iluminativa y Unitiva”. Ignacio, el incipiente peregrino, es iniciado en esta escuela manresiana por el benedictino Juan Chanones. El peregrino, posteriormente, modificara esta estructura clásica de las tres vías y la recreara de tal forma que “aumentara” una cuarta “semana”, que bien podemos proponer como la “vía mística ignaciana”, la cual tiene como centro, el acto de elección de “vida o estado de nosotros se quiere servir su divina majestad.” [EE 135]

El sujeto de la falta
Esta cuarta vía ignaciana supone una originalidad en el marco de la doctrina mística, pero también, y esto es lo importante, cierta radicalidad en lo que versa a la elección del llamado “estado de vida”, siendo que esto le da el contenido y objeto de elección (la “materia” dirá San Ignacio), entendiendo que dicha elección es sobre algo que altera la vida, o dicho filosóficamente, se propicia una mutación ontológica. Desde esta perspectiva, los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola proponen un momento de encarnación en la realidad histórica, ya que dicha elección se hace sobre el régimen de vida, y no sobre la aceptación de una doctrina o sobre un contenido intelectual cualquiera. La radicalidad de la cuarta vía consiste en que el sujeto asuma conscientemente su condición de sujeto, pero ¿sujeto a qué? Diría Lacan que el sujeto es el sujeto de la falta, sujeto del deseo. En San Ignacio opera esto con el momento de elección, el sujeto es consciente de que ha estado sujeto, pero que esta sujeción pende de una falta, o sea, que el objeto del cual pende no está, o más bien, está ausente, marcando precisamente la falta, dejando el lugar de la ausencia que señala un vacío. La cuarta vía ignaciana es pues ese momento de la verdad del sujeto, de su carencia estructural, de su falta y de su sujeción hacia ésta falta. Dicha sujeción hacia la falta es el deseo. Por eso, la radicalidad de la elección ignaciana consiste en que se elige algo que no se tiene, o mejor, algo imposible de poseer (la Cosa freudiana), antes bien, dejarse poseer por Aquello que se elige, lo cual ya somete al sujeto a un régimen de “servidumbre voluntaria”; momento de la sujetación radical.

La carencia (de objeto) en la excedencia (del deseo)
El acto místico en la elección ignaciana no consiste tanto en diferenciar y determinar el tipo de objeto de elección, ya que no se elige entre cosas buenas y cosas malas. El acto místico consiste precisamente en un desilusionarse del objeto de elección, no atendiendo a su fenomenología, sino al momento traumático de enfrentarse con la ausencia de objeto. En este sentido el místico es el que se sabe atado a una ausencia, despojándose del mito constitutivo que lo mantiene en la ilusión de poseer dicho objeto, revelándosele que no sólo falta el objeto, sino que se encuentra sometido a dicha falta: objeto-causa del deseo. Elección imposible que lo vuelca sobre su falta constitutiva en una operación de despojo afectivo sobre el objeto carente, a su vez que lo re-enlaza, ahora, no con la ilusión mítica del objeto a poseer, sino con el lugar de la falta en tanto la Cosa imposible. Se elige la Verdad, y en esta elección se inaugura un vínculo que constituye al sujeto de elección como impotente, como despojado de su ilusoria capacidad de elección, entendiendo que él no elige, sino que es elegido, por esto, la artimaña ignaciana consiste en elegir lo que previamente ya ha sido elegido. De esta forma, el sujeto de elección se convierte en objeto de elección, y el objeto que se pretendía elegir, ese que falta, no es más que el Otro que me ha elegido en tanto objeto. “Es decir, a un primer momento activo le va sucediendo una actitud más receptiva, más “pasiva”, de abandono, en la que más que elegir, se acaba recibiendo la elección.” (Melloni: 2001, p. 179) Carencia y excedente ontológico en la cuarta vía ignaciana, cumbre de la experiencia de despojo místico que suspende la sujeción. Porque, ¿quién puede elegir a Dios? Acto imposible sino es como carnada para que el ejercitante se asuma como tragado y contenido en el Otro, no del que se puede elegir, sino del que nos ha elegido. El “estado de vida” es esa concreción histórica de una experiencia fundante en el seno de la ballena.

El imposible deseo de una ausencia
En el “preámbulo para hacer buena elección” [EE, 169] se afirma un presupuesto fundamental: “el ojo de nuestra intención debe mirar rectamente”. San Ignacio apresura la elección en un momento donde el sujeto ya ha sido despojado, habiendo pasado por la purgación de la llama que extingue y limpia el corazón, lugar desde el cual sólo es posible “ver a Dios”. El sujeto ya ha tenido esta experiencia, no sólo fundante con la Alteridad, sino hasta cierta familiaridad, sabiendo que sin esta experiencia es posible que nuestra intención sea espuria, esto es, que no miremos rectamente, sino torcidamente. La torcedura de la conciencia, continúa Ignacio, es cuando por afecciones desordenadas se interponen los medios y los fines. Y aquí viene un pasaje de suma importancia para nuestra indagación, y esta corresponde a la definición de “objeto”. Dice: “porque primero hemos de tener por objeto querer servir a Dios”. [EE, 169] El objeto de la elección ignaciana es el deseo imposible de servir a una ausencia. Kristeva comentando muy acertadamente los textos de San Bernardo de Claraval, dirá que “Esta búsqueda de Dios como un objeto deseable o faltante, búsqueda no obstante inspirada en él, subyace a todos los comentarios del Cantar. Falta pero sacia, está ausente pero procura la satisfacción: éste es el objeto extraordinario deseado que abandona los senderos de la experiencia humana donde Bernardo ha comenzado a comprenderlo, como los impíos.”

La vulnerable desnudez
Volvemos pues al deseo como inclinación hacia algo imposible: “Rerum absentium concupiscentia” (“El deseo es la concupiscencia de la cosa ausente) diría San Agustín. “Querer” servir a Dios. Y nos preguntamos, ¿es posible servir a Dios? Ya que servir a Dios supone el conocimiento de su voluntad, y ¿quién conoce la voluntad de Dios? Se trata pues de una elección imposible, de un objeto ausente del cual pende el sujeto, colocándolo, o antes bien dislocándolo en la suspensión de un no-lugar en-ninguna-parte. Y sin embargo, en esta operación mística, es el sujeto que asume el lugar erótico de objeto poseído. El ejercitante, elector potencial, es tachado y reubicado en la posición de objeto pasivo de elección, dejándose y abandonándose a la Otredad. ¿Y que de este Otro? Nada. Es sólo la marca de una ausencia, no una positividad lingüístico-material, sino una radical alteridad que no tiene lugar como objeto, sino como Cosa imposible. Es un Real que irrumpe violentamente en el momento de elección, de tal forma que despoja al sujeto de la ilusión de objeto, ante lo cual el sujeto queda desnudo en una operación de expropiación del registro imaginario, ahí donde el objeto aparece en su especularidad de realidad.

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