
Por Miguel Angel Pichardo Reyes
El problema de la mística ignaciana han sido las sospechas, por otro lado bien fundadas, que ven en la mística una especie de esoterismo, o también, ciertas exageraciones que tienen que ver más con la explotación de las emociones, el irracionalismo fanático y con fenómenos paramísticos. Las sospechas han ayudado a mantener a la espiritualidad ignaciana fuera de estas corrientes emotivistas, pero también ha pendulado hacia la otra orilla, el de cierto tecnicismo ascético desprovisto de los componentes afectivos y sanamente místicos. De aquí que exista cierta imagen de un San Ignacio frío y calculador, y por otro, que se le tenga como santo, pero pocas veces que se le reconozca como místico. El estudio pormenorizado de su Autobiografía y de su Diario Espiritual ha arrojado nuevas luces sobre estos aspectos místicos que hasta ahora eran poco conocidos y poco difundidos. En el entendido de que era tan místico como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. Podríamos aventurar cierto renacimiento místico dentro de la Espiritualidad Ignaciana, tanto en el nivel de los estudios e investigación, como en el campo de la pastoral espiritual.
Desde un punto de vista lógico y cronológico, esta primero la experiencia contemplativa de la cristagogía, y posteriormente, una reflexión cristológica sobre esa praxis contemplativa. Digamos que metodológicamente primero esta la praxis y después el logos, pero sobre la misma praxis. No una praxis ciega, ni un logos etéreo. Y esto nos induce a problematizar un poco sobre lo que actualmente entendemos y estudiamos como cristología, sólo para llamar la atención de la imperiosa necesidad que tenemos, según yo, más de contemplar el misterio de Jesús, que de entender la figura de Jesús, y no porque esta última no sea importante o relevante para nuestra vida espiritual, sino porque esta segunda debe fundarse en la primera, sino queremos que la cristología sea sólo una ciencia explicativa de segunda o una hermenéutica para privilegiados a punto de caducar en la era del fanatismo, el fundamentalismo y la indiferencia religiosa.
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